Es sábado por la tarde y el astillero de Caracolito en Calbuco está completamente tranquilo. La calma que hay dista mucho del movimiento que normalmente presenta a lo largo de la semana, con 15 carpinteros trabajando en la construcción de diferentes embarcaciones al mismo tiempo. A nuestro alrededor los barcos en proceso de construcción casi se amontonan, hacinados en un espacio que parece reducirse cuanto más lo miramos. Bajo nuestros pies un fino manto de serrín y pequeños restos de madera cubren el suelo de los talleres de carpintería.

Calbuco es una pequeña localidad costera ubicada frente a la Isla de Chiloé, en la provincia de Los Lagos. De tradición pesquera, es hogar de uno de los oficios con mayor tradición de la región, la carpintería de ribera.
Consistente en la construcción de embarcaciones de madera mediante técnicas artesanales, el oficio abarca un conjunto de saberes relativos a la naturaleza de la madera y sus procesos de transformación, así como del clima, vientos y dinámicas mareales. Todo ello la convierte en una verdadera manifestación artística y cultural heredada y aprendida de generación en generación, que tiene como origen las embarcaciones chilotas. Concebido antiguamente para conectar la isla de Chiloé con las localidades aledañas, era por medio de estas barcas como los habitantes de la región se movían de una isla a otra, al mismo tiempo que transportaban mercancías y ganado.
Entrar al astillero de Calbuco es por tanto un viaje al pasado, a una cultura que todavía vive entre los fiordos y alrededor de las islas de Chiloé. Las embarcaciones llevan en su interior historias de aquellos que las construyeron, haciendo único a cada barco y velero trabajado por las recias manos de los carpinteros de ribera.

Hugo Almonacid, de 34 años, es presidente de la Agrupación de Carpinteros de Aguas Azules, formada en 2018, y que engloba a todos los artesanos de la zona. Aprendió el oficio de su padre, maestro carpintero con más de 40 años de experiencia, y en la actualidad trabajan junto a él en Caracolito.
“Cada carpintero tiene su zona de trabajo, donde construyen los encargos” nos explica. A pesar de que trabajan de manera independiente, es común que se apoyen entre ellos, ayudando a terminar encargos y cediendo herramienta. Hugo y su padre llevan varios meses construyendo un gran barco pesquero de 18 metros de eslora, que deberá ser entregado dentro de poco. La construcción de la embarcación carece de una planificación previa, siendo los conocimientos y la experiencia quienes dictan el ritmo y proceso de fabricación. Cuaderna a cuaderna, han tallado y ensamblado a mano cada una de las piezas de la embarcación, haciéndola única en su forma y detalles.

“El espacio es nuestro principal problema, no es nuestro, no tenemos un taller propio donde trabajar” relata Hugo.
Tradicionalmente, los carpinteros se asentaban en las orillas y bordes costeros que más les convenían para la construcción de embarcaciones. Debido a la falta de un lugar donde trabajar, los carpinteros de Calbuco hace años que se establecieron en el actual astillero de Caracolito, terreno perteneciente a la municipalidad. “La ausencia de un lugar de trabajo propio nos deja en un vacío legal, pueden echarnos en cualquier momento” expresa Hugo. A ello se le une además la falta de una infraestructura que les permita construir en condiciones dignas y seguras. Durante los largos meses invernales de la Patagonia, los carpinteros de Calbuco continúan su labor sin detenerse, expuestos a la lluvia, al frio y al viento. “Nuestro objetivo principal es la construcción de un galpón que nos permita trabajar resguardados” explica.

Pero como ocurre en muchos oficios artesanales, el principal problema de la profesión no es otro que la falta de una continuidad generacional. La falta de transmisión del oficio enciende las alertas en el gremio, con oportunidades de enseñanza y aprendizaje cada vez menores. Cada año que pasa hay menos carpinteros en activo, empujando a la profesión a una lenta pero ininterrumpida decadencia.
Las nuevas generaciones de carpinteros consideran que el beneficio económico obtenido de la elaboración de una embarcación no equivale al esfuerzo invertido en su construcción. Esto los fuerza a buscar diferentes salidas laborales, alejando la posibilidad de transmitir los conocimientos que con tanto celo protegieron sus padres y abuelos.
A pesar de ello, al igual que Hugo hay jóvenes en Calbuco que continúan aprendiendo el oficio a través de la práctica compartida y la oralidad, tendiendo un puente entre tradición y modernidad. Hace ya algunos años que el gobierno comenzó también a apoyar y proteger el patrimonio cultural inmaterial y las técnicas tradicionales artesanales chilenas. En el caso de la carpintería de ribera este apoyo se tradujo en el fomento cultural. Se estudió e inventarió el estado de la profesión, identificando a unos 130 carpinteros activos sólo en la región de Los Lagos. Al fomento cultural llevado a cabo le falta sin embargo un apoyo económico que impulse a más jóvenes a adentrarse en la carpintería de ribera.

Las dificultades que hoy los carpinteros enfrentan no desalientan a Hugo, que observa con optimismo el futuro de la profesión.
Desde hace algunos años sus esfuerzos se centran en conocer otros proyectos de carpintería de ribera en el extranjero, al mismo tiempo que trata de divulgar los trabajos que realizan en Calbuco.
A finales de marzo volará junto a su padre hasta Madrid para dirigirse a Pasaia, País Vasco. Invitados por la Fundación Albaola, pasarán los próximos dos meses construyendo un velero de tradición chilota con quilla en los astilleros de la fundación. El velero será presentado en la próxima edición del Pasaia Itsas Festivala 2024 junto a un gran número de embarcaciones invitadas desde diferentes lugares del mundo.

Os invitamos a conocer el increíble proyecto de la Fundación Albaola, a Hugo y a su padre en el festival, que tendrá lugar entre los días 9 y 12 de mayo.