
Llegamos a Lamud tras casi un mes recorriendo la región de Chachapoyas. Capital de la provincia de Luya, Lamud es pequeño y tranquilo, con un mercado central e iglesia rodeados de casas de adobe y techumbre de teja. Sus calles, casi desérticas, tan solo se ven alteradas por el ocasional movimiento de los mototaxis y combis, que van y vienen desde Chachapoyas.
Ubicada en un sótano bajo el mercado, la oficina de turismo de la localidad es al mismo tiempo punto de información y museo. Momias en proceso de deterioro, trozos de sarcófagos y pedazos de cerámicas se esparcen de manera caótica por sus vitrinas, fruto del expolio llevado a cabo por los pobladores. Algunos posters muestran los tres únicos yacimientos arqueológicos que al parecer se pueden visitar, el “Pueblo de los muertos”, la “caverna de Quiocta” y los “sarcófagos de Léngate”, principales atractivos turísticos de la zona.
Sabemos que no es ahí donde encontraremos información acerca del resto de sitios arqueológicos que hay en la región, por lo que salimos de la oficina convencidos de que será necesario hablar con los habitantes de Lamud para llegar al resto de yacimientos. Conocedores de la ubicación y caminos de acceso a la mayoría de sitios arqueológicos, es común incluso encontrar a agricultores o ganaderos convertidos en guías turísticos ocasionales, que llevan a aquellas personas interesadas hasta los rincones menos conocidos del valle (por un módico precio, claro).






Es así como llegamos hasta la cueva de Baquín. Rodeada de campos de cultivo, Baquín queda completamente escondida a ojos ajenos. Los espesos matorrales y arboles que cubren su acceso no permiten imaginar la inmensidad y amplitud de la gruta, con una entrada de unos veinte metros de ancho y diez de alto.
Ubicada en una planicie alta a unos 45 minutos de Lámud, se trata de una de las 22 cavernas que se han localizado en los alrededores, muchas de ellas repletas de restos de poblaciones prehispánicas que habitaron antiguamente los alrededores.
Casi desde su inicio la cueva se encuentra flanqueada por estructuras construidas en barro y piedra a modo de caminos laterales, diseñadas antiguamente para caminar evitando la corriente de agua que recorre toda su parte central.






Impresiona observar cómo, conforme nos adentramos en la caverna, la cantidad de huesos humanos esparcidos por los suelos va creciendo. Ya en 2001 el arqueólogo A. Ruiz Estrada cuando visitó la cueva habló acerca del expolio que la caverna había sufrido, no quedando ninguna de las momias que seguramente habrían llenado las repisas laterales. En la actualidad, los restos de estos antiguos lugares de enterramiento se encuentran casi destruidos, y los huesos de estos antiguos habitantes se extienden por todas partes.







Llegar hasta el final de la cueva parece imposible. En la profundidad, el pequeño riachuelo se convierte en un inmenso lago, que continua hasta terminar en un pequeño sifón. Algunos habitantes de la zona nos cuentan cómo han conseguido cruzar el lago montados en neumáticos de coche, pero que no hay más restos arqueológicos en el fondo.
Salimos de Baquín con una sensación familiar que nos acompaña desde que llegamos a la región. Absolutamente todos los yacimientos parecen haber sufrido el daño producido por el expolio, haciendo irreversible la perdida patrimonial e histórica.





La riqueza arqueológica de Lamud nos lleva a preguntarnos ¿Qué empuja a que algunos sitios arqueológicos se investiguen y difundan mientras otros caen en el olvido, se deterioran y se saquean? En un lugar en el que parece haber yacimientos arqueológicos en cada cerro y cueva, la respuesta parece obvia.
La falta de una infraestructura y apoyos económicos, unidos a la poca sensibilización de la población, hace que la mayoría de los proyectos de turismo arqueológico que se crean queden estancados. Nuestro viaje por los pequeños pueblos de la región de Chachapoyas parece repetir un mismo patrón: vecinos que tratan de fomentar la llegada de turistas creando circuitos con algún yacimiento para visitar, pero que nunca consiguen atraer el flujo turístico esperado.
Los que consiguen salir adelante son a menudo gestionados de manera deficiente, primando el beneficio económico a la conservación y la sostenibilidad. Kuelap, el mayor y más conocido yacimiento de la región, ejemplifica a la perfección este problema. Gran parte del yacimiento lleva años cerrado al público debido a los problemas de conservación que arrastra. Partes del sitio se vienen abajo y sus murallas se caen, dejando al descubierto años y años de negligencias por parte de las administraciones que lo han gestionado.

¿Qué se puede esperar entonces de aquellos lugares menos conocidos y mucho menos visitados? Continuamos nuestro camino esperando topar con respuestas más esperanzadoras que las que hemos ido encontrando.