Un mosaico de archipiélagos de diversos tamaños y formas llena de colores verdes y turquesas la costa del caribe colombiano. Desde la frontera de Panamá hasta Venezuela, decenas de pequeñas islas se diseminan a lo largo del margen costero, creando un espacio de enorme biodiversidad.

Pero es en el archipiélago de San Bernardo, a dos horas en lancha desde Cartagena de Indias, donde se esconde uno de los lugares más particulares que hemos podido conocer.
Protegida entre las islas de Mucura y Titipan, una amalgama de casas de chapa y cemento de no más de 200 metros de extensión parece levitar sobre el agua.
Se trata de Santa Cruz del Islote.
Conocida como la isla artificial más densamente poblada del mundo, en su interior conviven alrededor de 150 familias, un total de unas 700 personas. Antiguamente una villa de pescadores, hoy la mayor parte de la población vive del turismo, que viene atraído por la belleza de las islas que rodean a Santa Cruz. Desde los lujosos lodges construidos en las islas cercanas a Santa Cruz, los turistas observan perplejos al islote, que parece estar detenido en el tiempo.

Todas las islas naturales del archipiélago de San Bernardo están bordeadas por densos bosques de manglar, protegiéndolas de la erosión costera y del oleaje. La deforestación del mangle provoca la aceleración de estos procesos de erosión y la reducción del tamaño de las islas.
El archipiélago lleva años sometido a la ocupación ilegal y la deforestación masiva de manglar. La creciente popularidad de la región, el flujo de visitantes y la construcción de hoteles ha provocado una disminución gradual del borde costero de muchas islas, empujando algunas de ellas a la desaparición, como es el caso de la Isla Maravilla.

Adrían Caraballo, miembro del grupo ecológico Ecosabios, nos muestra las diferentes iniciativas que la comunidad ha comenzado a emprender con el objetivo de proteger los bosques de manglar del archipiélago.
Nos desplazamos hasta la Isla Titipán, una de las más grandes del archipiélago, y nos adentramos en la caótica maraña de raíces que se extienden ante nosotros. Cubiertas de líquenes y algas las ramas emergen del barro, que casi nos cubre hasta las rodillas. Caminamos hacia el interior del manglar, donde nos encontramos un amplio espacio totalmente vacío. “Todo esto antes estaba cubierto también de manglar, pero lo talaron” nos explica Adrián. La organización Ecosabios lleva algunos años replantando estas áreas vacías con el objetivo de restaurar las poblaciones de manglar.

El sol abrasador apenas nos deja respirar a nuestro regreso a Santa Cruz. Seguimos confusos a Adrián, que se desliza en silencio por el laberinto de estrechas callejas de la isla.
Se detiene ocasionalmente para explicarnos algunos aspectos relacionados con la organización del islote, como el abastecimiento de agua o la gestión de los residuos.
Nos habla acerca de la escasez de agua, sobre las placas solares que abastecen de electricidad a la isla o de la escolarización de los niños y su futuro. Un reciente censo realizado en el archipiélago mostraba que sólo la mitad de los jóvenes terminaban el bachillerato, mientras que tan solo una persona de todo el islote había cursado estudios universitarios.
Sus explicaciones se mezclan entre la multitud de personas que emergen de los callejones y el calor asfixiante, dejándonos casi sin aire para continuar preguntando acerca del islote y sus habitantes.
Adrián continua hablando con rapidez hasta que llegamos al borde de la isla. “¿Quieren meterse al agua para ver qué hay debajo?”. Asentimos.
Nos sumergimos bajo las aguas del borde costero de la isla. Nos quedamos atónitos al observar que, bajo nuestro pies, se extiende una montaña de residuos entre los que podemos distinguir tazas de váter, frigoríficos y todo tipo de electrodomésticos.
“El año pasado extrajimos tonelada y media de residuos tan solo de un lado del Islote” nos explica Adrián. La organización Ecosabios planea organizar otra limpieza del fondo marino en los próximos meses y continuar así regenerando la costa de la isla.

Cada día muchos turistas se desplazan hasta el islote para conocer el particular modo de vida de los isleños, quienes por 10.000 pesos les permiten recorrer la isla durante 20 minutos.
Pasean por sus calles y se fotografían sujetando a los tiburones nodrizas que los habitantes del islote mantienen cautivos en pequeños “acuarios” de hormigón, hacinados junto a algunas tortugas y manta rayas.
Abandonan Santa Cruz ajenos a la problemática que el turismo descontrolado ha traído a las islas de San Bernardo. ¿Qué hacer cuando el principal sustento de los pobladores del archipiélago es al mismo tiempo destructor de su territorio?
La situación que se vive en el archipiélago es una triste repetición de lo vivido en el resto de islas del caribe colombiano. El turismo masivo, la mala gestión de los residuos y la falta de concienciación de la población ha empujado al deterioro masivo de la fauna y flora de la región, en un proceso degenerativo que no parece tener fin.