





“Allí no hay nada que ver” es lo que nos respondían al decir que queríamos ir a conocer las comunidades Siona río arriba de la Reserva. Tal vez debido a la creciente occidentalización y la palpable perdida de su identidad cultural, nuestros guías se mostraban reacios a llevarnos hasta ella.
Originalmente ubicados en los territorios de los actuales Colombia, Perú y Ecuador, su llegada a las orillas del río Cuyabeno se remonta a mediados del siglo XIX, con el empuje de los misioneros europeos y los desplazamientos masivos causados por la fiebre del caucho. Como consecuencia de ello, la nacionalidad Siona se vio dividida en tres regiones: Aguarico, Putumayo y Cuyabeno, sumando su población total alrededor de 600 miembros, de los cuales 350 viven en el interior de la Reserva en la que nos encontramos.
Nos desplazamos hasta Puerto Bolívar, una de las cuatro comunidades Siona que se asientan a lo largo del río Cuyabeno. Llegar hasta ella implica realizar un trayecto de dos horas a lo largo de los meandros que acarician las orillas del bosque, admirando la fauna y flora que la rodea. Las plantaciones de plátano y yuca a lo largo de las orillas del rio parecen anunciar nuestra llegada, cada vez más numerosas conforme nos acercamos a la comunidad.
Nos reciben las altas escalinatas del embarcadero, repleto de canoas motorizadas. Observamos la amplia cancha de futbol y el “coliseo”, con los miembros de la comunidad congregados en él, resguardándose del sol de mediodía. Tanto el “coliseo”, la escuela y el centro de salud fueron construidos por la petrolera que realizó prospecciones en el territorio de la comunidad, como medio de pago por el daño y contaminación producidos en el área. “También pusieron farolas, pero mantener el generador es demasiado costoso económicamente, así que ninguna funciona”. Lo mismo ocurre en el centro de salud, en el que nadie trabaja.



Los habitantes de Puerto Bolivar no visten ningún atuendo ni muestran marcas físicas que los caractericen, habiendo perdido muchas de las señas identitarias que en el pasado eran parte de la cultura Siona.
“Los jóvenes ya no aprenden el idioma” nos indican los miembros de la comunidad. Hace años que en el colegio ya no se enseña el paicoca, siendo el español la lengua utilizada por la mayor parte de la población.
“Me gustaría pero ¿cuándo? Trabajo todo el día como barquero” es la respuesta que obtenemos al preguntar acerca del aprendizaje de su lengua. El incremento del turismo en la región ha sustituido a la caza y pesca como medio de vida principal de los habitantes de la comunidad, en la que cada vez más jóvenes trabajan como barqueros, guías y cocineros en los lodges en los que se alojan los turistas. Los lodges, compuestos por pequeñas cabañas de madera, se asientan sobre los terrenos de la comunidad a la orilla del rio, que arrienda cada parcela a las empresas privadas. Son 17 en total los que se ubican a orillas del Cuyabeno.

El aparente beneficio que el turismo puede traer a la reserva, disminuyendo la caza y pesca intensivas, contrasta con la perdida identitaria que la comunidad Siona ha experimentado en las últimas décadas. El chamanismo, nexo esencial que tiene la comunidad con la naturaleza, es uno de los últimos eslabones culturales que Puerto Bolivar preserva. Isaac, de 52 años, es el último de los chamanes sionas. “He tenido muchos alumnos a lo largo de los años, pero ninguno ha querido continuar con el aprendizaje de chamán”.
Tal vez debido al sacrificio que supone dedicar entre 12 y 14 años al aprendizaje del chamanismo, Isaac tan solo puede observar como la posibilidad de trasmitir su conocimiento se aleja con el paso de cada año.

En un ambiente en el que cada vez se ofrecen menos oportunidades, los jóvenes dejan la selva en busca de un futuro mejor. Mantener viva la comunidad, preservar su cultura y conservar las tradiciones sionas se vuelve entonces una tarea cada vez más difícil. Volvemos río arriba y miramos atrás mientras Puerto Bolivar se vuelve a perder entre los altos arboles y la maleza, preguntándonos qué será de su identidad y sus habitantes.