

Nos alejamos cada vez más de Latacunga, última ciudad antes de adentrarnos en la cordillera andina. La camioneta recorre los estrechos caminos de los puertos de montaña, que parecen desaparecer entre la espesa niebla que nos rodea. Nuestro destino es Isinliví, una pequeña localidad de 70 habitantes ubicada en la provincia de Cotopaxi.
Las calles de Isinliví reciben vacías al viajero que se aventura a visitarla. Rodeada de montes, la agricultura y la ganadería son el sustento de su población, que planta maíz, patata y vegetales en las faldas de las montañas.
La aparente frialdad de la localidad desaparece rápidamente al conocer a sus habitantes, cercanos, acogedores y amables.
Los días discurren con tranquilidad en Isinliví, que tan sólo ve su paz alterada los sábados, día de mercado, o los días festivos, en los que las calles se llenan de puestos de artesanías y comida.
La vida de la localidad contrasta con la de las pequeñas granjas localizadas en las montañas. Es aquí donde, ante la ausencia de electricidad, la falta de recursos de muchas de las familias del valle se hace presente.


Mama Rosa, como se le conoce en el pueblo, es una de las muchas personas que vive en esta situación. Su casa, compuesta por dos habitaciones que hacen a su vez de despensa y refugio, parece quedar suspendida en el borde de la montaña. Su sustento principal son la venta de quesos, de conejos y de cuis, que cría en pequeñas jaulas de madera y vende en el mercado de Isinliví. La ausencia de electricidad y las dificultades del terreno, unidas al aislamiento en el que está, hacen que la vida aquí sea difícil y solitaria.


Desde hace décadas, la organización italiana Mato Grosso (OMG) trabaja en Isinliví y localidades cercanas construyendo y reparando casas, acercando a aquellas personas que viven como Mama Rosa a la localidad. Es el caso de María Adelaida, quien, desde hace dos años, vive en una de las casas cedidas por la organización. Es ella quien nos cuenta acerca de su antigua vida en la montaña y en cómo crió a 8 hijos allá. Aunque la vida en Isinliví es más fácil, nos dice que echa de menos vivir en la montaña, estar en contacto con la naturaleza y tener la posibilidad de tener más ganado.
Pasamos el resto de nuestros días en Isinliví preguntando acerca de su pasado, presente y futuro. Entrevistamos a Anita (92 años) y Rosita (65 años), quienes hacen pan juntas desde hace más de 40 años y venden en los mercados de toda la región. Nos hablan sobre la creciente despoblación que la localidad ha experimentado desde hace décadas, y sobre cómo antes el pueblo triplicaba el tamaño que tiene en la actualidad. Describen la pobreza de las familias de los alrededores, la ausencia de ayudas gubernamentales y en cómo la labor de oa OMG de apoyar a aquellas personas con menos recursos en ocasiones tampoco es suficiente.
Nos vamos de Isinliví habiendo conocido una realidad completamente diferente, en una región en la que la presencia de instituciones estatales es casi nula, y donde son las propias personas de la comunidad quienes deben hacer frente a las dificultades que se presentan en el día a día.