
Escribir acerca de la minería en la región de Napo implica intentar reflejar un conflicto con muchísimas caras y capas, que comienza su recorrido en los años 90 del siglo pasado. Parece imposible mostrar en un breve texto las implicaciones que el desarrollo de la minería ha tenido para la región y cómo ha afectado a las personas que viven en ella. Es por eso que nos limitaremos a dibujar, en líneas generales, lo que hemos visto y oído durante nuestra estancia estos días en Tena, habiendo llegado a acariciar tan solo la superficie de una realidad mucho más compleja y profunda.
Queremos comenzar agradeciendo a las personas que nos han ayudado en la creación de este pequeño reportaje. Agradecemos especialmente a Eduardo Vayas, presidente del colectivo Napo Ama la Vida, por hablarnos de la lucha del colectivo y responder a todas nuestras preguntas.


A simple vista, el viajero que recorre los ríos de Tena solo es testigo de una destrucción total de sus inmediaciones, en especial del río Jatunyaku, debido a la explotación minera extensiva que hay en todo su cauce.
Montañas de tierra y piedras se suceden en sus orillas, resultado del paso de las retroexcavadoras, que buscando oro amontonan el material sobrante en los bordes del Jatunyaku. A este paisaje se le suman pequeñas dragas ocasionales, propiedad de las comunidades, que extraen el oro de manera manual.
La existencia de las dragas se remonta al inicio de la década del 2000, con la silenciosa llegada de trabajadores colombianos a la región, que manteniendo un perfil bajo, introdujeron las primeras dragas en las comunidades de Napo y enseñaron a sus miembros a extraer el oro.
Durante más de 7 años, entre el 2000 y 2010, la presencia de estos extranjeros llegados desde Colombia pasó desapercibida, dejando de testigos tan solo a los miembros de las comunidades que fueron formados en la extracción del mineral.
Fue solo años después cuando, tras entrevistar y preguntar en las comunidades, colectivos como Napo Ama la Vida fueron conscientes del acceso y la manera de introducción de dragas en Napo.


Desde el año 2000, durante dos décadas, la minería ilegal se fue intensificando en Tena, viendo su máximo apogeo a día de hoy. En la actualidad, la extracción ilegal de oro en el Napo es utilizada por diferentes cárteles extranjeros como sistema de lavado de dinero. El oro sale del país a través de la frontera con Colombia, al mismo tiempo que se introducen armas y droga. La vía que va desde Colombia a Tena y Puyo, pasando por Francisco de Orellana, se ha convertido en la carretera principal utilizada por los cárteles en el movimiento de mercancía, que posteriormente transportan hasta la costa, a provincias como Guayaquil o Esmeraldas.
Tena se encuentra por lo tanto en el epicentro de este entramado, convirtiéndola en una excelente ubicación para establecer tanto los cárteles como a las explotaciones mineras ilegales.

Desde que su creación, Napo Ama la Vida se ha dedicado a patrullar a pie la selva y ríos de Napo con la intención de monitorear la localización de las intervenciones mineras ilegales. Las sucesivas amenazas por parte de los cárteles que controlan la región a los miembros del colectivo hacen que su labor se complique conforme profundizan en su investigación. En 2020, una emboscada en uno de los territorios que patrullaban casi acabó con la vida de Eduardo. El acceso a muchas zonas del territorio se ha vuelto imposible para el colectivo, que debe, por su seguridad, relegar en los miembros de las comunidades que las habitan la obtención de información.
Hace años que el colectivo auguró la llegada de los cárteles a la región, y avisó a los gobiernos provinciales de la creciente problemática. Ignoradas sus advertencias, hoy ven sus predicciones cumplidas, mientras el miedo y la preocupación por el futuro de Napo crecen.
Durante nuestra entrevista con él, Eduardo nos habla de su activismo, el miedo a las amenazas y el desgaste que el colectivo ha experimentado estos años, pero también de la esperanza que mantienen. El objetivo antiminero original hace años que lo dejaron atrás, habiendo trascendido a una labor social y ciudadana mucho más amplia, en un conflicto que no parece tener fin.
Nos vamos de Tena con una sensación agridulce. Nos gustaría fotografiar las grandes explotaciones del Jatunyaku. Recoger los testimonios de aquellas personas que defienden el Napo. Querríamos mostrar más.
Hacemos un último intento, a través de conocidos, de contactar con transportes seguros que nos lleven a Tarabita de Jatunyaku o al Puente de Santa Rosa, donde nos han informado que hace 2-3 días se iniciaron nuevas intervenciones mineras.
Todas nuestras solicitudes son ignoradas, hasta que uno de los transportes nos declara: “hoy estuve cerca de allí y ya están entrando con los combustibles, es muy delicada la situación, deben tener mucho cuidado”. Todo parece indicar que la tensión crece en Tena, y dejamos la ciudad para dirigirnos a Baños de Agua Santa, más seguro y tranquilo.
Las fotos que os dejamos son por tanto las tomadas a las pequeñas dragas del Napo, que extraen el oro de manera manual. Es habitual que los dueños de las dragas contraten a trabajadores para extraer el oro, a los que pagan entre 15-20 dólares al día. Este es uno de esos casos.


Mientras se escribe este artículo Ecuador decreta el estado de guerra en todo el país. La delicada situación en la que el Estado se encuentra, con el crimen organizado controlando varias regiones y sectores, hace que sobrevuele una sensación de miedo e inseguridad entre la población. Las escuelas, universidades y comercios han cerrado, y el gobierno ha instado a la población a que intente no salir de sus hogares.
Las predicciones de Eduardo parecen volver a cumplirse, mientras nosotros tan solo podemos observar cómo, de la noche a la mañana, la minería ilegal parece ser el menor de los problemas que Ecuador debe enfrentar.